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Querido hijo: estás despedido Jordi Sierra i Fabra Ilustraciones de Magalí Colomer

7 La carta Para entrar en la habitación, su madre tuvo que hacer un esfuerzo extra. Por detrás de la puerta se amontonaba la ropa tirada que impedía el libre acceso al interior. Y no solo la ropa. Pensó que, inmediatamente, estallaría la tormenta, y escucharía los consabidos reproches acerca de su falta de orden y limpieza. E imaginó además que, tras los gritos, ella le obligaría a ponerse manos a la obra, para adecentar todo aquello. Se puso tenso. Pero su madre no dijo nada al respecto. Solo lo miró, indiferente, como si no pasara nada, y entró dentro, para acercarse a la cama en la que estaba tumbado, con los zapatos puestos sobre la colcha, leyendo un cómic.

8 Era muy extraño... —Miguel. —¿Sí? —Toma. Le tendió un sobre. —¿Qué es? —Tómalo. La obedeció. Pero no pudo ver lo que contenía ya que no le dio tiempo a abrirlo. Su madre llevaba algo más. Un papel y un bolígrafo. —Fírmame aquí —le pidió. —¿Para qué? —vaciló Miguel. —Es un acuse de recibo. —¿Un qué? —Te he dado una carta, y quiero que quede constancia de que la has recibido para que luego no puedas decir que no sabías nada. Hay que hacer las cosas bien. Su madre no solía jugar. No tenía tiempo de jugar. Pero aquello parecía un juego. Se sentó en la cama y miró el papel. Leyó: «Acuse de recibo».

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10 Debajo estaba escrita la fecha y su nombre: Miguel Fernández Martínez. —¿Quieres que firme esto? —Sí. Estaba tan seria, tan distante, tan solemne, tan triste... —Bueno —se encogió de hombros—. Vale. Tomó el bolígrafo para estampar su firma en el papel. Aún no tenía decidido, para el futuro, si hacer una con muchas curvas después de la ele final o si, por el contrario, optaba por otra con los rasgos muy rectos. La primera daba la impresión de ser como una nube, blanda y esponjosa. La segunda más recia. Lo de la firma parecía ser una huella de identidad para toda la vida, así que era importante. Hizo la primera. «Miguel». Acto seguido, y sin mediar palabra, su madre se hizo con el bolígrafo que tenía en la mano derecha y con el acuse de recibo que sostenía con la izquierda. Luego dio media vuelta,

11 pasó por entre el caos de la habitación, y se fue cerrando la puerta tras de sí. Miguel miró el sobre, mitad divertido mitad sorprendido. Lo abrió. Dentro había una hoja de papel, escrita con el ordenador de su padre. Apenas una docena de líneas. Leyó su contenido: «Querido hijo: Visto el comportamiento de las últimas semanas, cada vez más caótico, unido a los problemas ocasionados por ti en los meses y años anteriores, desde que comenzaste a gatear y andar, y sin que parezca que vaya a haber ya una enmienda clara por tu parte, me veo en la triste pero necesaria obligación de comunicarte tu despido, que será efectivo en el plazo de treinta días a partir de hoy. En este tiempo tendrás de-

12 recho a tus dosis habituales de besos y caricias, así como a disponer de tu habitación, tres comidas al día, y cuantas prerrogativas merezcas en calidad de hijo —televisión, dinero para gastos, libros, paseos, atención, consejos, etc.—. Pero cumplido el plazo que la ley familiar me otorga, mis deberes como madre quedarán por completo exentos de toda obligación, puesto que mis derechos han sido vulnerados y vapuleados alevosamente con anterioridad. Lo cual te comunico en el día de hoy, siete de abril, para que conste a todos los efectos. Firmado: María de la Esperanza Martínez García». Miguel abrió unos ojos como platos. Pero... ¿qué era aquello?

13 Primer contacto Miguel parpadeó un par de veces. Luego volvió a leer la nota. Más despacio. Lo hizo una tercera vez. Dirigió su mirada a la puerta. Esperó ver a su madre allí, tronchándose de risa, pero la puerta seguía cerrada y él en su habitación, tan solo como antes. Sintió una extraña inquietud, una desazón... —¿Mamá? Nada. Silencio. Se levantó de la cama, atravesó la jungla de ropa, juguetes y demás fauna estática y alcanzó la puerta. La abrió. No se veía a nadie por

14 el pasillo. A lo lejos, en la pequeña habitación dedicada a cuarto de planchar, vio la luz encendida. Caminó hacia allí. Su madre estaba planchando. Tenía una montaña de ropa arrugada a un lado y dos pilas perfectamente ordenadas de prendas ya planchadas al otro, fruto de su obstinada y aplicada labor. Miguel se detuvo en el quicio. Ella ni le miró. —¿Qué es esto? Aún llevaba la hoja de papel en la mano. —Creo que está claro, ¿no? —contestó su madre. —Aquí dice que estoy... despedido. —Ajá. —Ya —sonrió. La mujer pasó la plancha por encima de una de sus camisas. Se la había puesto el día anterior y le había durado limpia menos de veinte minutos. Hubo bronca. —Es una broma, ¿no? —congeló él la sonrisa en su rostro.

15 —Tú mismo. —Sí, es una broma —expandió de nuevo la sonrisa. Su madre le miró. Fue una mirada breve, brevísima, un par de segundos a lo sumo, pero se le erizaron los pelos del cogote. No recordaba haberla visto tan seria nunca, y eso que por lo general, dos o tres veces al día, ella se ponía seria. Más que seria. Pero en esta ocasión era especial. Además de seria seguía triste. —No puedes despedirme —dijo. —¿Ah, no? —No. —Pues bueno, tú mismo. Yo te lo he dicho con treinta días de antelación, como está mandado. A partir de aquí... ya no es mi problema. Allá tú. Si era un juego, era un juego bastante raro. —No se puede despedir a un hijo —insistió, aclarando el concepto anterior. —¿Quién dice eso?

16 —No sé, pero... —Pues si no sabes de qué hablas, no hables. —Ya, pero es que esto no es como... como un trabajo. Al tío Elías lo despidieron porque en su empresa hicieron reju... regu... —Regulación de empleo. —Eso. Su madre respiró con fuerza, dejó de planchar un instante y tras depositar la plancha en la rejilla lateral se cruzó de brazos. —Mira, Miguel, se acabó. No quiero discutir —le dijo—. Esto me cuesta a mí más que a ti, pero como no quiero ponerme enferma, ni que se me caiga el pelo, ni parecer una momia de cien años a los cuarenta, hay que ser egoísta. Dicen que la felicidad bien entendida empieza por uno mismo. Lo he intentado pero no he podido. Ahora se trata de que me vuelva loca en dos días o de que te vayas, y he decidido que yo no quiero volverme loca, así que te vas tú. Y con todas las de la ley. —Pero...

17 —Miguel, ya te lo he dicho: no quiero discutir más —agarró la plancha y se puso a planchar de nuevo, con todo ahínco. —¿Y dónde quieres que vaya? —preguntó él, más y más desconcertado. —No sé, allá tú. —No soy mayor de edad —dejó escapar cada vez más inquieto. —Si no estás conforme, tienes derecho a contratar a un abogado. —¿Un... abogado? —Es lo usual en estos casos. Si no puedes llevar tu propia defensa... Pero te aseguro que lo tienes perdido. Tengo todos los argumentos a mi favor. Es un despido preceptivo. —¿Precep... qué? —Preceptivo. Legal —le aclaró ella—. Totalmente autorizado por la ley. —Yo no puedo pagar un abogado. —Pues tienes otro problema. Dejó que transcurrieran unos segundos. Su madre seguía atareada con lo de planchar.

18 La había visto así muchas veces, muchísimas, aunque nunca como hasta ese momento se había dado cuenta de lo buena y eficiente que era. En un abrir y cerrar de ojos, lo más arrugado quedaba perfecto. Plis-plas. Movimientos metódicos, sincronización, maestría. Arte. Sin embargo seguía inquieto por su tono, su rostro seco, sus gestos adustos. Nunca la había visto así. —Vamos, ya está bien de... Los ojos de la mujer le cortaron la frase en seco. —Miguel —le dijo con dureza—. No es algo fácil para mí, y no creas que me gusta. Pero todas las cosas tienen un límite, y yo ya he dicho basta con el mío. No es una broma. Mírame bien: no es una broma —se lo repitió despacio y recalcando las palabras—. Acabo de despedirte y punto. Dentro de un mes... adiós. —Bueno, vale —bajó la cabeza—. Ya lo capto. —¿Tú crees?

19 —Es tu forma de reñirme y de... —No, Miguel. De reñirte ya nada. ¿Para qué? Tal y como te digo en la carta, mis derechos han sido vulnerados repetidamente, mientras que mis deberes han sido cumplidos con creces. Los de Amnistía Internacional incluso dirían que he sido torturada con saña. Llegados a este punto, las broncas y los sermones no sirven de nada, así que hay que actuar por la vía directa. Se acabaron los gritos. Cuando alguien no cumple, se le echa y en paz. Eso es todo. —Pero... —No voy a discutir más el asunto, ¿de acuerdo? Te repito que si no estás de acuerdo, me envíes a tu abogado. Pero desde luego, dentro de un mes, el siete de mayo, tú te vas y dejas de ser mi hijo. Fin del contrato. —Que yo sepa no firmé ningún contrato cuando nací. —Yo tampoco. Es verbal. Tú llegas y yo acepto cuidarte. Tú creces, te responsabilizas,

20 y yo te quiero. Como desde que naciste lo has incumplido unilateralmente, yo ya no puedo seguir queriéndote igual. Iba a preguntar qué significaba «unilateralmente», pero era lo de menos. Su madre dejó de nuevo la plancha en el soporte vertical, escogió una de las pilas de ropa, y salió del cuartito pasando por su lado para dirigirse a la habitación de matrimonio. Se dispuso a seguirla, para continuar con la discusión. Se encontró con un obstáculo en mitad del pasillo. Ella misma. —Miguel, no me sigas. Punto. No es negociable, así que ya te estás yendo a tu habitación. Estaba enfadada, muy enfadada. Se le notaba cantidad. Así que no se pasó. Vio como ella entraba en la habitación de matrimonio y él, tras esperar unos segundos, dio media vuelta y regresó a la suya. Nada más entrar dejó la carta encima de la mesa en la que

21 se suponía que estudiaba y se puso a arreglarlo todo. No le gustaba el tono empleado por su madre. Pero nada, nada, nada. No iba a despedirle, claro, pero... ¿Pero qué? ¿Estaba seguro de que no podía...?

110 SUPLICO Ser readmitido como hijo, humildemente, para una segunda oportunidad que espero merecer de su recto proceder y atenta consideración y mejor corazón. Para lo cual firmo la presente a 7 de mayo del año en curso». —Vaya —manifestó la mujer—. El señor José es bastante buen abogado. Miguel no abrió la boca. Tenía la vista fija en el suelo. Pasaron unos pocos segundos más. Le parecieron eternos. —Será mejor que pases —dijo finalmente su madre—. Esto hay que leerlo bien, muy bien. Miguel entró. Algo era algo. —Pero deja la maleta y la bolsa aquí, en el recibidor —le advirtió—. Puedes esperar en la sala.

111 —Sí, mamá. —No me llames mamá. Sigues despedido en calidad de hijo. Llámame María de la Esperanza. —Sí, María de la Esperanza. —Señora María de la Esperanza —le rectificó haciendo hincapié en lo de «señora». —Sí, señora —bajó la cabeza Miguel. Se dirigió a la sala. A la pequeña. De la grande salía el confortable sonido del televisor, y casi llegaban hasta él los aromas de la cena, del calor de su padre y de tantas cosas que, de pronto, se le hacían esenciales. Cosas de las que antes había pasado, sin darles la menor importancia. —¡No toques nada!, ¿eh? —oyó la voz de su madre como un flagelo al ir a entrar por la puerta. —No, mam… señora. Entró. Cualquiera diría que se estaba decidiendo su futuro.

112 Allí mismo, en unos instantes. La calle o... Escuchó unos murmullos. Sus padres hablaban en la sala grande. Lo más seguro era que estuviesen considerando la instancia. Debía ser muy buena y estar muy bien escrita, aunque si su madre se empeñaba... de nada iba a servir. Bueno, tal y como había dicho el señor José, una instancia apelaba al buen corazón y a los sentimientos de alguien capacitado para dar algo a otra persona. Y su madre tenía buen corazón. Vaya si lo tenía. Los segundos se convirtieron en horas, en siglos. Y tenía tanta hambre que... Lo miró todo de otra forma. De pronto aquella no era su casa. Él era un «invitado». ¡Qué fuerte! Le llegan a decir algo así, y no se lo hubiera creído. Sus amigos no sabían nada, desde luego, y estaban en peligro, lo mismo que él. Peligro de «despido».

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114 Sí, miró los cuadros, los libros, los muebles..., el roto de la pata de la silla producto de una de sus hazañas, y el desconchado de la pared resultado de una batalla contra el palo de la escoba, y el jarrón de cristal pegado con cola de contacto después de haberlo roto. Por todas partes había huellas de su paso, mejor dicho, de su arrasamiento hogareño. Volvió a contener la respiración. Las pisadas de su madre volvían, y no estaban solas. Venían acompañadas por las de su padre. Puso la mejor de sus caras, la de buen chico, la de santo, la de hijo pródigo, la de... La mejor. Ellos aparecieron en la puerta. Se le hundió el mundo bajo los pies al ver la cara de su padre. Tenía los ojos fijos en el suelo. Pero solo fue una impresión. El susto final. —Está bien —dijo María de la Esperanza. A Miguel se le disparó el corazón.

115 —Vamos a darte una segunda oportunidad —dijo su padre—. Esta vez hemos votado los dos, y el resultado es dos a cero. —¿Me quedo? —Te quedas. —¿Como... hijo? —Sí, como hijo, claro. El despido ha sido cancelado... cautelarmente. No supo si dar un salto de alegría, un grito... o si echarse en sus brazos y darles un beso. Hizo esto último, aunque muy comedidamente. Fue el mejor abrazo de su vida. Y también los dos besos que ellos depositaron en su cabeza. Besos llenos de amor y de calor. Entonces Miguel les abrazó con todas sus fuerzas. Los quería. Y no solo por haberle readmitido. Los habría querido igual. Siempre. Pasara lo que pasara. —Gracias —musitó.

116 —Vale, vale, no te pongas ahora sentimental —mencionó el padre. —Sí, nada de lágrimas —convino la madre. —Aunque... bueno, en fin, que nos alegramos de que estés de vuelta. —Sí, ¡qué remedio! Se hacían los duros, pero ahora Miguel sabía que en el fondo ellos también le querían cantidad. Mucho. Muchísimo. —Yo que me las prometía tan felices... —suspiró su madre. —Bueno, todas las cosas tienen su lado positivo —consideró su padre. —Ya veremos, ya veremos —tanteó la primera. —Yo creo que sí, y si no... siempre puedes volver a despedirle —recordó el segundo. Miguel no quería volver a oír nunca más aquella dichosa palabra. No dijo nada.

117 Los tres salieron de la salita. ¡Estaba en casa! —¿Tienes hambre? —preguntó ella. ¿Hambre? ¡Se comería un caballo! Y caminando, sin correr, con mucho cuidado, se dirigió al comedor para sentarse en su sitio y ponerse al día con su desfallecido estómago.

118 Y... por un pelo Aquella noche, al tumbarse en su cama dispuesto para dormir, Miguel se preguntó qué había pasado en realidad aquel 7 de mayo. No lo tenía muy claro. Nada claro. Todo había sido bastante vertiginoso en realidad. ¿Una trampa? ¿Un complot? ¿Un montaje? ¿Verdad? ¿Mentira? Pensó en su madre, su padre, las vecinas, el anciano del parque, los de la urbana, el señor José... Todos ellos. Demasiados para... Sí, se había salvado por un pelo. Pero por un pelo muy muy muy fino.

119 A estas horas y si no hubiera sido por la instancia —¡la importancia de un papel bien escrito, del poder de las palabras, del valor de la letra adecuadamente empleada!—, y por el buen corazón de su madre, y por el voto de su padre, estaría durmiendo en la calle, o Dios sabía dónde. Se estremeció pensando en tantas y tantas cosas, en lo poco que sabía, en su corta vida, en sus trastadas, pero sobre todo en la dichosa carta de despido de un mes antes. «Querido hijo...». —Y yo que creía que teníamos licencia para hacer de todo —gimió. Cerró los ojos. «Querido hijo...». Despedido. Despedido. Despedido. ¡Zas!, así de fácil. «Querido hijo...». Se durmió sin darse cuenta. Como un tronco. Feliz.

Aquí acaba este libro escrito, ilustrado, diseñado, editado, impreso por personas que aman los libros. Aquí acaba este libro que tú has leído, el libro que ya eres.

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