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18 La había visto así muchas veces, muchísimas, aunque nunca como hasta ese momento se había dado cuenta de lo buena y eficiente que era. En un abrir y cerrar de ojos, lo más arrugado quedaba perfecto. Plis-plas. Movimientos metódicos, sincronización, maestría. Arte. Sin embargo seguía inquieto por su tono, su rostro seco, sus gestos adustos. Nunca la había visto así. —Vamos, ya está bien de... Los ojos de la mujer le cortaron la frase en seco. —Miguel —le dijo con dureza—. No es algo fácil para mí, y no creas que me gusta. Pero todas las cosas tienen un límite, y yo ya he dicho basta con el mío. No es una broma. Mírame bien: no es una broma —se lo repitió despacio y recalcando las palabras—. Acabo de despedirte y punto. Dentro de un mes... adiós. —Bueno, vale —bajó la cabeza—. Ya lo capto. —¿Tú crees?

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