111 —Sí, mamá. —No me llames mamá. Sigues despedido en calidad de hijo. Llámame María de la Esperanza. —Sí, María de la Esperanza. —Señora María de la Esperanza —le rectificó haciendo hincapié en lo de «señora». —Sí, señora —bajó la cabeza Miguel. Se dirigió a la sala. A la pequeña. De la grande salía el confortable sonido del televisor, y casi llegaban hasta él los aromas de la cena, del calor de su padre y de tantas cosas que, de pronto, se le hacían esenciales. Cosas de las que antes había pasado, sin darles la menor importancia. —¡No toques nada!, ¿eh? —oyó la voz de su madre como un flagelo al ir a entrar por la puerta. —No, mam… señora. Entró. Cualquiera diría que se estaba decidiendo su futuro.
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