114 Sí, miró los cuadros, los libros, los muebles..., el roto de la pata de la silla producto de una de sus hazañas, y el desconchado de la pared resultado de una batalla contra el palo de la escoba, y el jarrón de cristal pegado con cola de contacto después de haberlo roto. Por todas partes había huellas de su paso, mejor dicho, de su arrasamiento hogareño. Volvió a contener la respiración. Las pisadas de su madre volvían, y no estaban solas. Venían acompañadas por las de su padre. Puso la mejor de sus caras, la de buen chico, la de santo, la de hijo pródigo, la de... La mejor. Ellos aparecieron en la puerta. Se le hundió el mundo bajo los pies al ver la cara de su padre. Tenía los ojos fijos en el suelo. Pero solo fue una impresión. El susto final. —Está bien —dijo María de la Esperanza. A Miguel se le disparó el corazón.
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