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116 —Vale, vale, no te pongas ahora sentimental —mencionó el padre. —Sí, nada de lágrimas —convino la madre. —Aunque... bueno, en fin, que nos alegramos de que estés de vuelta. —Sí, ¡qué remedio! Se hacían los duros, pero ahora Miguel sabía que en el fondo ellos también le querían cantidad. Mucho. Muchísimo. —Yo que me las prometía tan felices... —suspiró su madre. —Bueno, todas las cosas tienen su lado positivo —consideró su padre. —Ya veremos, ya veremos —tanteó la primera. —Yo creo que sí, y si no... siempre puedes volver a despedirle —recordó el segundo. Miguel no quería volver a oír nunca más aquella dichosa palabra. No dijo nada.

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