119 A estas horas y si no hubiera sido por la instancia —¡la importancia de un papel bien escrito, del poder de las palabras, del valor de la letra adecuadamente empleada!—, y por el buen corazón de su madre, y por el voto de su padre, estaría durmiendo en la calle, o Dios sabía dónde. Se estremeció pensando en tantas y tantas cosas, en lo poco que sabía, en su corta vida, en sus trastadas, pero sobre todo en la dichosa carta de despido de un mes antes. «Querido hijo...». —Y yo que creía que teníamos licencia para hacer de todo —gimió. Cerró los ojos. «Querido hijo...». Despedido. Despedido. Despedido. ¡Zas!, así de fácil. «Querido hijo...». Se durmió sin darse cuenta. Como un tronco. Feliz.
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