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Corazón de bronce Maite Carranza y Júlia Prats Ilustraciones de Sr. Sánchez

7 1 —¡Gretaaaaaaaaaaaa! ¡Gretaaaaaaaaaaa! Desde su escondite, a Greta se le escapó una risilla traviesa por debajo de la nariz. Si la madre de Greta hubiera levantado la vista, habría descubierto a su hija, agazapada junto a Lamp, observándola desde el tejado de la casa. En parte para librarse de limpiar la cocina después de la merienda, en parte por el placer de transgredir las normas. —Tal vez deberíamos bajar —sugirió Lamp algo incómoda. No le gustaba desobedecer a una adulta, era una orden primordial. —Anda, Lamp, no seas corta-rollos… Greta le hizo un guiño con complicidad.

8 —Pe-pe-ro deberías ayudar a tu ma-ma-madre con las tareas domésticas… —dejó ir Lamp visiblemente confundida. Greta puso los ojos en blanco y resopló. Estaba claro que Lamp estaba procesando un conflicto. Había recibido dos órdenes contradictorias y no sabía a cuál de ellas obedecer. Eso la bloqueaba. —Míralo de esta forma, Lamp —intervino Greta conciliadora—. Tu objetivo como ángel es protegerme y asegurar mi bienestar, ¿no? Lamp asintió con la cabeza. —Entonces, deberías dejarme hacer lo que quiero porque así estaré bien. —¿Y si te pasa algo? —Tienes que estar cerca para protegerme. —Supongo —accedió Lamp sin demasiado convencimiento. —Claro, eres mi amiga, y eso hacen los amigos. Lamp esbozó una gran sonrisa. —Eres mi mejor amiga, Greta.

9 Greta le sonrió a su vez sin ningún fingimiento. La sonrisa de Lamp era contagiosa, tan amplia y sincera que casi parecía real. —¡Las cinco en punto! ¡Las cuatro en Canarias! Greta pegó un brinco. El grito mecánico de Lamp siempre la pillaba por sorpresa, no soportaba que cantase cada hora como si fuera el campanario de la iglesia. Había intentado desactivar esa función tan fastidiosa, pero era imposible. Los nuevos modelos ya no la incluían, claro. Greta suspiró y asumió que su aventura había finalizado. —Vale, gracias por recordarme que tengo que hacer los deberes. ¿Bajamos? Lamp asintió complacida. —Inglés: página doce; Sociales: trabajo sobre los gatos domésticos —recordó con voz monocorde. Greta bajó por la trampilla de la azotea de un salto y esperó a que su amiga la siguiera,

10 pero Lamp se había quedado inmóvil y con la mirada perdida en el horizonte. —¿Lamp? ¿Bajas o qué? —le gritó impaciente. Lamp respondió con dificultades, parecía mareada. —Sí. Eeees looo cooooorrrreeeeectttttttt... Acto seguido, sonó un chirrido metálico y quedó totalmente paralizada. —¡Mierda! ¡Ahora no, Lamp! Pero sí. Greta maldijo su suerte en silencio. No servía de nada lamentarse, nadie la oiría. Con muchísimo esfuerzo consiguió arrastrar el cuerpo metálico de su ángel y deslizarlo por la trampilla, pero tuvo la mala pata de trastabillar y perder el equilibrio. Lamp le cayó encima con todo su peso de chatarra inerte. Uno, dos, tres…, contó en silencio mientras movía lentamente brazos y piernas y apartaba a un lado a su robot. Afortunadamente, no se

11 había roto nada, aunque le dolía todo el cuerpo y se había magullado el codo izquierdo. Se levantó con dificultad, agarró a su amiga por las muñecas y la arrastró por el suelo, intentando no hacer ruido, hasta llegar a su habitación. Una vez dentro, le levantó la camiseta, le palpó la espalda en busca de la ranura, conectó el cable del cargador de la batería y esperó a que volviera en sí. —Es lo correcto —dijo Lamp, sin inmutarse, tan pronto como abrió los ojos. Greta no respondió. Ya sabía que Lamp no tenía la culpa, lo sabía… y, a pesar de saberlo, le irritaba la poca autonomía de su batería y sus constantes errores. Nunca podía hacer planes con ella. Cuando sus padres la compraron en una tienda de segunda mano, años atrás, le pareció que Lamp era el mejor ángel del mundo. Ya entonces era un modelo antiguo, pero no le importó, tenía todas las funciones necesarias y parecía tan simpática, tan cariñosa, tan comprensiva…

12 Ahora, los nuevos modelos de ángeles cada vez ofrecían más funciones, un montón de programas y muchísima más autonomía. Lamp había quedado obsoleta. Todos sus compañeros de escuela habían cambiado de ángel, pero los padres de Greta no se lo podían permitir. Así que, de momento, le gustase o no, tenía que conformarse con la vieja y anticuada Lamp.

13 2 Greta hincó los codos en la mesa de su escritorio y abrió el cuaderno de deberes de Inglés. Lamp leyó el ejercicio en voz alta, con una pronunciación británica pomposa. —Where is the cat?, traducido: «¿dónde está el gato?». Greta se partía de risa, ella misma había modificado el programa para escuchar a Lamp hablando como un conde inglés; no tenía precio. —The cat is …..… the table —continuó Lamp en su perfecto inglés—. Traducido: «el gato es la mesa». —No, no —la corrigió—. Fíjate, Lamp. Señaló el dibujo que acompañaba al ejercicio, un gato gordo durmiendo encima de una

14 mesa. Lamp la miró confundida, no parecía entenderlo. —El gato es ……… la mesa —repitió contrariada. Greta resopló fastidiada mientras le mostraba la lista de preposiciones en inglés que acompañaba al ejercicio. —Nooo. Tenemos que escoger la preposición correcta en inglés: on, in, under, next to…, o sea: sobre, dentro, bajo, al lado… —¡Ah! Entonces: The cat is in the table. —The cat is in the table —escribió Greta confiando en la sabiduría de su ángel. —Siguiente —la apremió Lamp esbozando una sonrisa. —Un momento… The cat is in the table significa «el gato está dentro de la mesa». —Sí —ratificó Lamp—. Siguiente. —¡No, no! El gato no está dentro de la mesa, está encima de la mesa. O sea, the cat is on the table. —No se puede saber —dijo Lamp convencida.

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16 —¿Cómo que no se puede saber? Está sobre la mesa, claramente. Lamp agarró el cuaderno y se lo acercó a la cara para ver mejor el dibujo. —No está claro, podría estar sobre la mesa o dentro de la mesa. —¿Cómo va a estar dentro de la mesa, Lamp? ¡No se puede estar dentro de una mesa! —protestó Greta. Lamp quedó pensativa. —Si se rompe sí —observó—. El gato está muy gordo. Greta puso los ojos en blanco. —Pondré on —decidió ignorando a Lamp—. The cat is on the table, «el gato está sobre la mesa». —Como quieras, las dos están bien. —¡No! Las dos no pueden estar bien, solo hay una respuesta correcta, así funciona. ¿Lo entiendes? —Dependerá de la mesa y del gato —insistió Lamp.

17 Greta estaba a punto de perder los papeles cuando sonó su teléfono móvil. —¿Qué haces? —le preguntó directamente Arturo, sin saludarla. Arturo era su único amigo de la escuela. Un chico sin malas ni buenas intenciones. Greta sospechaba que Arturo era su amigo por pura vagancia puesto que ella era la compañera de clase que vivía más cerca de su casa. Si bien no podía asegurar a ciencia cierta que Arturo fuese su amigo, tampoco podía negarlo. Fuese como fuese, la amistad era algo inexplicable. —Hago los deberes de Inglés —se quejó Greta. —Brutus ya los ha hecho por mí, ahora vamos al parque. ¿Bajas? Brutus era su ángel HQP33651-Z, un modelo mucho más moderno que Lamp. Arturo siempre quiso tener un perro peligroso que asustara a sus vecinos y al que llamar Brutus, pero su padre era alérgico al pelo canino y tuvo que conformarse con poner Brutus a su ángel HQ.

18 Brutus era todo lo contrario a lo que su nombre indicaba: educado, respetuoso, amable y solidario, lo cual fastidiaba enormemente a Arturo. Aun así, lo vestía siempre con ropa negra y le hacía lucir un collar de pinchos, como si fuera un pitbull. Si alguien se acercaba solía advertir que mordía y si conseguía asustarlo se crecía un poquitín. Hasta que Brutus abría la boca para disculparse amablemente y el hechizo se desvanecía. —Acabamos de empezar, aún me queda mogollón. —Qué fastidio —observó Arturo—. Deja que los haga Lamp y vente tú al parque. Greta chasqueó la lengua. —No digas tonterías, si los hace Lamp suspendo fijo. —Pues sí, Lamp es un desastre. Greta calló. Una cosa era que lo pensara ella y otra que Arturo, supuestamente su amigo, lo dijese en voz alta. Era injusto que los ángeles de sus compañeros de clase les hicieran los deberes mientras

19 ella se dejaba los codos estudiando con un ojo mientras con el otro ojo controlaba que Lamp no la liara parda. —Vale, pues llamaré a Edu —concluyó Arturo práctico. Edu era otro chico de su clase, el siguiente en la lista de proximidad a la casa de Arturo. Así de frágil era su amistad. Greta estaba convencida de que, si algún día cambiaba de barrio, su intimidad con Arturo se disolvería en la distancia. Colgó el teléfono y llegó a la amarga conclusión de que estaba más sola que la una. Bueno, tenía a Lamp. —Ya he terminado —soltó Lamp contentísima—, ¿vamos a jugar? —¿Has terminado el qué? Aunque ya sabía la respuesta, claro. —Los deberes de Inglés. He rellenado todos los huecos. Greta agarró el cuaderno y constató horrorizada que Lamp decía la verdad, había rellenado

20 los huecos de los ejercicios con palabras que le cuadraban, pero sin tener en cuenta las que había en la lista. El resultado era esperpéntico. «El coche está a favor de la carretera», «La cuchara está enfadada con el cajón» o «El pájaro está mejor que la ventana». Greta no pudo seguir leyendo, se desesperó. El mundo era tremendamente injusto.

21 3 Llegaron al parque justo al anochecer. Arturo y Brutus ya no estaban y Greta, tras echar una ojeada rápida, confirmó que no quedaba nadie conocido jugando. Tendría que conformarse con Lamp. —Vamos a columpiarnos —propuso. Era entretenido. Una vez, gracias a la fuerza de su ángel, había dado tres vueltas de campana, un récord insuperable. —¡Un momento, voy a saludar! —¡Lamp, he dicho a los columpios! ¡Lamp, vuelve! Lamp corría justo en dirección contraria y Greta se sintió estúpida. Su robot tenía ideas propias, amigos propios y gustos

22 incomprensibles. Prefería jugar a la petanca con la pandilla del señor Delfín y los jubilados del barrio a columpiarse con ella. Seguramente los viejos eran la mar de simpáticos y la petanca el deporte más emocionante del mundo. Su reflexión no la consoló nada. —¡Lamp en nuestro equipo! —oyó a distancia la voz del señor Delfín. —¡Tramposo! —le recriminó la voz chillona de la señora Herminda. —¡La hemos visto antes, poneos las gafas! Los jubilados siempre se disputaban a Lamp, a veces hasta peleaban y todo. —Lamp, te toca. —¡A la una, a las dos, a las tres! —canturreó Lamp. —¡No, no, Lamp! ¡Juegas con nosotros, no con ellas! —¡Bravo! ¡Hurra por Lamp! —aplaudió la señora Herminda. —¡Te has equivocado de equipo!

23 Greta se mecía en silencio con los ojos entornados imaginando la escena. No sabía si reír o llorar, Lamp funcionaba peor cada día. Decidió olvidarse de sus problemas por un rato y concentrarse en columpiarse solita. Era muy difícil impulsarse sin ayuda, pero había comprobado que si encogía y estiraba las piernas cobraba cada vez mayor velocidad. A lo mejor se lo había explicado su madre que, a veces, le contaba cosas increíbles de cuando era niña, unos tiempos en los que no existían los ángeles y los niños se columpiaban solos. ¡Y era la pura verdad! Efectivamente, cada vez volaba más alto, más alto, más, podía rozar el árbol con la punta del pie, y chutar la rama y... —¡Ahhhhaaaaaaaaa! Una vuelta de campana completa la dejó sin respiración. Se detuvo frenando con los pies, instintivamente, arrastrando las suelas de goma sobre la arena y oyendo chirriar los guijarros. Y pensó que era divertido, muy divertido.

24 El columpio junto al suyo frenó con la función del ángel, que lo inmovilizaba súbitamente, sin bamboleos ni vacilaciones. —Apéate, Charlie, nos vamos. —Pero mamá… —Esta niña es una salvaje sin ángel. ¡Qué vergüenza! La madre con el niño y su ángel se alejaron rápidamente y Greta suspiró. Estaba acostumbrada. Lamp desaparecía con tanta frecuencia que no le quedaba otro remedio que apañárselas sola. Y de pronto se dio cuenta de que la partida de petanca había acabado y que no quedaba ni rastro del señor Delfín y su pandilla. —¡Lamp! —gritó saltando del columpio y aterrizando de rodillas. Demasiado tarde. Lamp había desaparecido. No eran pocas las veces que la había perdido y que había tenido que inventarse una excusa para que sus padres no descubrieran que Lamp, su niñera, la había abandonado por perseguir

25 una pelota, un pájaro o jugar con un caniche. De hecho, se había comido un montón de castigos por su culpa. —¡Lamp, se ha hecho tarde, vámonos! —voceó. ¿Dónde se había metido? Prácticamente era de noche y el parque estaba de lo más solitario. Y en esas, dando tumbos y aguzando el oído, le pareció oír el eco de risas y gritos. Si había fiesta, seguro que Lamp estaba en medio del cotarro. Efectivamente, la encontró junto a la verja y rodeada del grupito de Sofía, una niña de su clase. ¿Qué demonios hacía Lamp con Sofía? —¡Otra vez, Lamp! —chilló Sofía aguantándose la risa. Greta vio como Sofía agarraba una pelota con la intención de lanzársela a Lamp. ¿Sofía jugando con Lamp a la pelota? No encajaba en absoluto. Enseguida lo entendió.

26 Sofía tiró la pelota con muchísima fuerza apuntando a la cara de Lamp y le dio de lleno. Lamp se tambaleó y cayó torpemente al suelo. El grupito de amigos de Sofía estalló en una sonora carcajada. —¡Otra vez! ¡Otra vez! —aplaudieron. Sofía esbozó una sonrisa triunfal antes de volver a la carga. Lamp intentaba levantarse cuando un segundo pelotazo en la cabeza la tumbó nuevamente. Los niños se mondaban de la risa. —¡Basta! ¡Dejadla en paz! —gritó Greta corriendo hacia Lamp. —¡Greta! Tu ángel se ha perdido y lo estamos cuidando —se burló Sofía. —Hola, Greta, estamos jugando a la pelota —le informó Lamp desde el suelo. Greta se dirigió directamente a Sofía. —Deja en paz a mi ángel, tortura al tuyo. Sofía se encogió de hombros. Curiosamente, no había ni rastro del ángel que siempre la

27 acompañaba a todos lados. Era algo muy extraño ya que ningún niño salía de casa sin su ángel, jamás. —¿Dónde está tu ángel? —le preguntó confundida. —Ni idea —soltó con naturalidad—, supongo que en el desguace. —¿Quéééééé? —se horrorizó Greta. —Mis padres me han comprado un modelo SKY2W. —No me lo creo —protestó Greta—, aún no ha salido al mercado. —Perdona, pero mi padre trabaja en RobCo industries y tiene contactos —se jactó—. Mañana me lo traen. —Si tú lo dices… —se atragantó Greta. Sofía era tan rica que no sabía si le producía asco o envidia. —Ya lo verás —zanjó la conversación Sofía con una sonrisa prepotente. Probablemente Sofía decía la verdad. Su padre le concedía todos sus caprichos sin preguntar

28 y, en cuanto a ángeles, había batido récords, ya iba por su quinto modelo. ¡Y pensar que ella llevaba toda su vida con Lamp! Greta ayudó a Lamp a levantarse. —Anda, vámonos a casa. —¿Tan pronto? —protestó Sofía—. Déjanosla un poquito más, nos estamos divirtiendo. —Es verdad —la secundó Lamp—, se ríen mucho conmigo. Greta la agarró de la mano y, alejándose de Sofía, susurró al oído de su ángel. —No se ríen contigo, Lamp, se ríen de ti. De pronto, Lamp se detuvo y gritó. —¡Son las nueve en punto! ¡Las ocho en Caca-ca-canarias! Sofía y sus amigos estallaron en una sonora carcajada. Greta aceleró el paso y maldijo su suerte.

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