23 Greta se mecía en silencio con los ojos entornados imaginando la escena. No sabía si reír o llorar, Lamp funcionaba peor cada día. Decidió olvidarse de sus problemas por un rato y concentrarse en columpiarse solita. Era muy difícil impulsarse sin ayuda, pero había comprobado que si encogía y estiraba las piernas cobraba cada vez mayor velocidad. A lo mejor se lo había explicado su madre que, a veces, le contaba cosas increíbles de cuando era niña, unos tiempos en los que no existían los ángeles y los niños se columpiaban solos. ¡Y era la pura verdad! Efectivamente, cada vez volaba más alto, más alto, más, podía rozar el árbol con la punta del pie, y chutar la rama y... —¡Ahhhhaaaaaaaaa! Una vuelta de campana completa la dejó sin respiración. Se detuvo frenando con los pies, instintivamente, arrastrando las suelas de goma sobre la arena y oyendo chirriar los guijarros. Y pensó que era divertido, muy divertido.
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