9 Greta le sonrió a su vez sin ningún fingimiento. La sonrisa de Lamp era contagiosa, tan amplia y sincera que casi parecía real. —¡Las cinco en punto! ¡Las cuatro en Canarias! Greta pegó un brinco. El grito mecánico de Lamp siempre la pillaba por sorpresa, no soportaba que cantase cada hora como si fuera el campanario de la iglesia. Había intentado desactivar esa función tan fastidiosa, pero era imposible. Los nuevos modelos ya no la incluían, claro. Greta suspiró y asumió que su aventura había finalizado. —Vale, gracias por recordarme que tengo que hacer los deberes. ¿Bajamos? Lamp asintió complacida. —Inglés: página doce; Sociales: trabajo sobre los gatos domésticos —recordó con voz monocorde. Greta bajó por la trampilla de la azotea de un salto y esperó a que su amiga la siguiera,
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