6 encargo de última hora, o de la pesada de su compañera, o del jefe, que cuando se le cruzaban los cables la emprendía a gritos con todo el mundo. Pero esta vez... su madre llegaba canturreando. ¡Sopla! Fernando siguió a lo suyo, hasta que ella apareció por la puerta de la habitación. —¡Hola, cariño! Y, ¡plaf!, le plantó el consabido beso de buenas tardes. Solo que, esta vez, tan fuerte que casi le atravesó. Bueno, de hecho, le succionó la mejilla. Otro detalle. Una cosa era decir «Hola, cariño», y otra muy distinta, «¡Hola, cariño!». Los signos de admiración decían mucho del énfasis puesto en la exclamación de las dos palabras. O sea, así, resumiendo: su madre estaba contenta. Más que contenta: feliz, risueña, alegre…, como si flotara.
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