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Querido hijo: vas a tener un hermano Jordi Sierra i Fabra Ilustraciones de Javier Olivares

5 1 Cuando una madre se pone a cantar... Eran más o menos las siete y media de la tarde, Fernando estaba en su habitación estudiando (más o menos), y, al escuchar el ruido de la puerta del piso abriéndose, fingió concentrarse más en el libro. Lo primero que hacía su madre siempre al llegar a casa del trabajo era decirle «hola» y darle un beso. Su madre era muy besucona. Entonces fue cuando Fernando la oyó canturrear. Abrió los ojos. Levantó la cabeza del libro. ¿Su madre... canturreaba? Por lo general llegaba a casa cansada del trabajo, y, muchas veces, echando pestes de algún

6 encargo de última hora, o de la pesada de su compañera, o del jefe, que cuando se le cruzaban los cables la emprendía a gritos con todo el mundo. Pero esta vez... su madre llegaba canturreando. ¡Sopla! Fernando siguió a lo suyo, hasta que ella apareció por la puerta de la habitación. —¡Hola, cariño! Y, ¡plaf!, le plantó el consabido beso de buenas tardes. Solo que, esta vez, tan fuerte que casi le atravesó. Bueno, de hecho, le succionó la mejilla. Otro detalle. Una cosa era decir «Hola, cariño», y otra muy distinta, «¡Hola, cariño!». Los signos de admiración decían mucho del énfasis puesto en la exclamación de las dos palabras. O sea, así, resumiendo: su madre estaba contenta. Más que contenta: feliz, risueña, alegre…, como si flotara.

7 Fernando estuvo a punto de preguntarle si le habían subido el sueldo o algo parecido. Prefirió callar. Los padres, a veces, eran un misterio. O te gritaban por nada o se ponían de un espléndido... —¿Todo bien? —le preguntó ella. —Sí, mamá. Todo bien. —¿La escuela...? Se la quedó mirando como se mira a alguien que te hace la más tonta de las preguntas. —Mamá, la escuela, como siempre, o sea, como ayer, como mañana. Es la escuela. —Bueno, hombre, pero a lo mejor... No sé, ¡igual has tenido un examen de Matemáticas y te han puesto un diez! Fernando se la quedó mirando aún más alucinado. ¿Se habría tomado algo antes de llegar a casa, una cerveza, un whisky…? ¿Hablaba en serio? ¿Un diez en Matemáticas... ÉL?

8 Decididamente, a su madre le pasaba algo. —Pues... no —proclamó inseguro. —Vale, pues nada. Voy a ver qué hago para cenar. ¡Hasta ahora! Salió de la habitación, echó a andar por el pasillo... ¡y siguió canturreando! Durante la siguiente media hora, hasta la llegada de su padre, no pasó nada relevante. Por lo menos su padre no llegó canturreando. Llegó como siempre, abrió la puerta y gritó desde el recibidor: —¡Hola, familia! En otras circunstancias, él se levantaba, salía al pasillo y le daba un beso de bienvenida. En otras circunstancias, su madre le respondía desde la cocina y le reclamaba ayuda para la cena, que hacían a medias cumpliendo los nuevos cánones de paridad hombre-mujer. Pero estaba claro que no eran las mismas circunstancias de cada día. Antes de que Fernando llegara a medio pasillo, su madre ya se había echado en brazos de su padre para darle un

9 soberano beso en la boca, saltando como una colegiala. ¡Lo que había que ver! —¿Y eso? —preguntó también sorprendido el recién llegado. —¡Ah! —dijo ella con misterio. Allí pasaba algo. Vaya que si pasaba algo. Fernando siguió optando por callar. Si preguntaba a qué venía tanta alegría, su madre igual le respondía con alguna peculiaridad como «¿Es que no estoy siempre alegre yo?» o «¿Qué pasa, es que me ves siempre seria o qué?». Lo dicho: los mayores eran un mundo cerrado y hermético. Mejor no meterse en líos. La cena transcurrió feliz. Más que feliz. Su madre preparó una de sus ensaladas especiales y su padre hizo una tortilla de patatas de primera. La charla fue distendida, igualmente alegre. Nada de hablar de trabajo, ni de lo que pasaba en el mundo, que siempre era

10 terrible. Bromas, ja, ja, ja, je, je, je y un comportamiento de lo más peculiar por parte de ella. Parecía haber vuelto a los quince años. Bueno, Fernando no sabía cómo era su madre a los quince años, pero bastaba con ver a más de una pava por el cole. Los ojos le brillaban y bromeaba sin parar con su padre, haciéndose la misteriosa. Hasta él no tuvo más remedio que admitir: —Eloísa, te veo rara. —¿Yo? —exageró la vocal. Y le guiñó un ojo. Eso animó mucho a su padre. Tanto que le preguntó: —¿Quieres que nos acostemos temprano hoy? Vaya si se acostaron temprano. ¡Si es que ni vieron ninguna de sus series favoritas! Con la mosca detrás de la oreja, Fernando hizo ver que también se acostaba y dormía. Pero, a la que pudo, saltó de la cama y entreabrió la puerta de la habitación. La de sus padres que-

11 daba un par de metros a la izquierda. Agudizó el oído al máximo y llegó justo a tiempo de escuchar cómo él decía... o más bien gritaba: —¿QUÉ? Luego, su madre: —¡Chst, baja la voz, que te oirá Fernando! No le hizo caso. —¿Estás SEGURA? —¡Que sí, segura, me lo ha confirmado esta misma tarde el médico! La palabra «médico» nunca auguraba nada bueno, pero en este caso parecía ser un motivo de alegría. Fernando casi dejó de respirar. —Pe-pe-pero... —tartamudeó su padre. —¿No estás CONTENTO? —preguntó ella. —S-s-sí... Es que... ¡Qué fuerte! —¿A que sí? —¡Ay, Eloísa! —¡Ay, Ramón! Debieron de darse un beso o algo así, porque dejaron de hablar unos segundos.

12 —¿Pero... cómo es posible? —volvió a preguntar él. —Ya ves.

13 —Increíble... —Mi Supermán... Otro silencio, y este más largo. Tanto que Fernando inició la retirada. Eso de que su madre llamara Supermán a su padre... Lo último que escuchó, eso sí, le puso los pelos de punta. —¿Se lo diremos mañana a Fernando? —Claro. —Bueno. —Será... la repera. La repera. Fernando regresó a su cama, se metió en ella, mantuvo los ojos abiertos como platos un buen rato, dándole vueltas a la cabeza. ¿QUÉ tenían que decirle? ¿QUÉ era la repera? No supo cómo pudo dormirse, pero lo hizo.

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