14 Me guardo el móvil en el bolsillo de la sudadera, escondo la carta del Ejército israelí debajo de la agenda (por supuesto que tengo una agenda), cojo un pósit y le escribo una nota a mi madre. (¡Por si no me ves cuando te levantes!). He ido a la azotea con Yanky. Desde aquí se ve el mejor amanecer de Tel Aviv. Shoshannah. P. D. : Si haces gofres guárdame unos pocos. Esa última apostilla es hacerme ilusiones, porque en casa la única que utiliza la gofrera soy yo. Mamá viviría perfectamente feliz sin utilizar jamás el horno ni ningún aparato de cocina más complejo que una sartén, como le gusta a la abuela recordarle. Pero lo escribo igualmente mientras cojo las llaves, y pego la nota en la nevera antes de marcharme, porque ese es el tipo de persona que soy. La azotea de nuestro edificio es una especie de santuario para los hipsters nostálgicos y los artistas de pacotilla, una comuna en la que puedes encontrarte a cualquiera, desde la vecina del séptimo, que canta ópera mientras riega sus geranios, a los chavales del quinto, que toman el sol independientemente de la época del año, sin olvidarnos de la señora del décimo, que es la única persona que conozco que fuma puros a todas horas.
RkJQdWJsaXNoZXIy