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Andrea Tomé PRISIÓN SEIS

Para mi abuelo Jesús, porque Éxodo fue solo una de tantas novelas que pusiste en mis manos. Que tu memoria sea una bendición.

Es como si, cuanto mayor te haces, más te olvidas de que puedes cambiar las cosas. Tillie Walden Helena, Helena, vuelve a casa. Había una Helena antes de que hubiera una Guerra. ¿Pero quién la recuerda? Hilda Doolittle

Parte 1: Feliz cumpleaños

13 1 Me gustan las normas. Los horarios. Los apuntes organizados por colores. Llegar al gimnasio a las seis de la mañana, quedarme estudiando hasta tarde, entregar los trabajos a tiempo y asistir a todas las tutorías del señor Aarons para, con suerte, conseguir una plaza en el programa de Periodismo de Sheffield. Lo tenía. El abuelo Imri decía que en esta vida tienes lo que hay que tener o no, y yo lo tenía. Hasta ahora. Acabo de romper las normas por primera vez en diecisiete años, y estoy con el agua hasta el cuello. dime que no has usado «cárcel» y «voy» en la misma frase shoshannah???????? te espero en la azotea o sea, te estoy esperando EN ESTE MISMO MOMENTO Yanky

14 Me guardo el móvil en el bolsillo de la sudadera, escondo la carta del Ejército israelí debajo de la agenda (por supuesto que tengo una agenda), cojo un pósit y le escribo una nota a mi madre. (¡Por si no me ves cuando te levantes!). He ido a la azotea con Yanky. Desde aquí se ve el mejor amanecer de Tel Aviv. Shoshannah. P. D. : Si haces gofres guárdame unos pocos. Esa última apostilla es hacerme ilusiones, porque en casa la única que utiliza la gofrera soy yo. Mamá viviría perfectamente feliz sin utilizar jamás el horno ni ningún aparato de cocina más complejo que una sartén, como le gusta a la abuela recordarle. Pero lo escribo igualmente mientras cojo las llaves, y pego la nota en la nevera antes de marcharme, porque ese es el tipo de persona que soy. La azotea de nuestro edificio es una especie de santuario para los hipsters nostálgicos y los artistas de pacotilla, una comuna en la que puedes encontrarte a cualquiera, desde la vecina del séptimo, que canta ópera mientras riega sus geranios, a los chavales del quinto, que toman el sol independientemente de la época del año, sin olvidarnos de la señora del décimo, que es la única persona que conozco que fuma puros a todas horas.

15 Algunas de las cosas que puedes encontrar en nuestra azotea: Dos (2) maniquís desnudos. Un cartel prohibiendo, por algún motivo, los monopatines. Un grafiti gigantesco de Frank Sinatra. Suficientes lucecitas para iluminar un centro comercial entero. A las cinco de la mañana, sin embargo, está desierta, excepto por la presencia de mi amigo Yanky. Está sentado con una taza de café entre las manos, una pierna sobre la cornisa y la otra colgando en el aire. Es digno de ver, puesto que por lo general Yanky tiene un talento exquisito para llegar tarde a los sitios y una inhabilidad maravillosa para levantarse temprano. Me recibe con una de sus sonrisas gigantes, la que hace brillar el piercing de su lengua y que le crezcan hoyuelos en las mejillas y que la constelación de pecas sobre sus pómulos baile. —Dime que no has usado «cárcel» y «voy» en la misma frase. —Ya me has dicho eso. —Me siento a su lado—. Por WhatsApp. Lo siento. No sabía que estabas despierto. Sacude la cabeza y le da un sorbo al café. —Estaba llegando a casa. Fui de fiesta con mis primos. Noche tecno en Lima Lima. —Me da un toquecito en el brazo—. ¿Qué es eso de que vas a ir a la cárcel? No me digas que has ido a una protesta sin mí, Greta Thunberg de pacotilla.

16 Cojo aire. Apenas hay coches en la calle bajo nuestros pies. Las luces de los rascacielos de Tel Aviv están apagadas, y el firmamento está teñido de ese tono rosa-violeta que precede a la salida del sol. Es como si Yanky y yo fuésemos las últimas personas en la Tierra. —Me he negado a alistarme. El efecto que esta frase tiene en él es espléndido. Da un respingo, para empezar, y después se atraganta con el café. —Has… ¿qué? —Me he negado a alistarme —repito, muy rápido, de modo que las cinco palabras suenan como una sola. —Sí, sí, eso ya lo he pillado —dice Yanky, y deja la taza a su lado, como si tuviese miedo de que fuese a volcarla con una revelación más—. ¿Por qué? ¿Es por la gimnasia? ¿O la universidad? —No, claro que no. —¿Entonces? Pongo los ojos en blanco. La respuesta a la pregunta «¿Por qué no quieres servir en el Ejército?» es sencilla en cualquier país, pero no en Israel. En Israel te gradúas en el instituto y sirves dos años en el Ejército, seas hombre o mujer. Somos un país joven, construido por los supervivientes de los campos de concentración. Hemos combatido en incontables guerras. Nuestros vecinos nos odian. El peso de nuestra historia cae sobre nuestros hombros. Nos echaron de 109 países. Fuimos esclavizados, expulsados de la tierra de nuestros ancestros. Seis millones de nosotros fueron aniquilados en el Holocausto.

17 «Los judíos solo pueden sobrevivir en un Estado judío», he oído decir, tantas veces que he perdido la cuenta. Tantas veces que podría recordar cada voz, cada cadencia, hasta que todas esas frases se convirtiesen en una sola, en un kaddish1 a los muertos. Toda tu familia ha servido en el Ejército. Todos tus amigos servirán en el Ejército. En Israel no te niegas a alistarte, simplemente. —¿Recuerdas ese programa que hicimos el año pasado en clase? Trajeron a chavales de Palestina para que pudiéramos hablar de, no sé, la paz y cosas así. Yanky arquea una ceja. —Recuerdo que no participé —sonríe—. Tengo la ligera sospecha de que los profesores no pensaron que fuese una buena influencia. O estaba en el hospital. ¿Qué pasa con ese programa? —Me gustó mucho —siseo, viendo cómo el sol empieza a salir entre los edificios como un brochazo naranja y dorado—. En plan… sabía lo que pasaba en Palestina, claro, pero… —Me muerdo el labio inferior—. Dios, esto va a sonar fatal, ¿pero es como si pensase que se lo merecían? O sea, ya sabes lo que nos cuentan. Que están controlados por terroristas, que no nos dejan tener la tierra que nos pertenece… —suspiro—. Pero conocí a chavales de nuestra edad, y las historias que contaban…, no sé. Que hacía años que no veían a sus abuelos porque no pueden salir de Cisjordania para ir a Gaza, que no son 1. Oración que los judíos rezan a los muertos.

18 ciudadanos legales y que no pueden votar aunque viven aquí, que no tienen muchos derechos…, no sé, no me parece bien. No quiero ser parte de eso. La decisión fue paulatina. No llegó de golpe arrasando con todo, sino que se instaló en mi cerebro como un runrún que al principio se acallaba bajo el cansancio de la gimnasia y las incontables horas de estudio. Con el paso de los días a ese runrún le crecieron garras; pensaba en ello, y en el sentimiento lacerante que me dejaba en la boca del estómago, mientras continuaba con mi vida de siempre, mandando memes y probando filtros de TikTok con mi mejor amiga, Emma, hasta que encontrábamos uno que nos hacía parecernos a nosotras mismas, pero amplificadas. Con esto quiero decir que no decidí que me negaría a servir mientras participaba en aquel programa del instituto. Cuando conocí a Dalia, a la que le gustaban los mismos grupos de k-pop que a mí y en el mismo orden (Loona, Red Velvet, Blackpink y BTS), no me invadió un sentimiento a lo Disney Channel de En Realidad Somos Iguales y el Mundo Debería Vivir en Paz. Fue más bien como un cuchillo en el estómago, como si me quitasen una venda de los ojos y empezase a ver las partes de la realidad que habían sido una mentira. En las semanas posteriores al programa, empecé a leer sobre el conflicto y el hecho de que toda aquella información hubiese estado a mi alcance siempre, en internet, fue como una bofetada en la cara. Aunque la libertad de prensa es relativa, el acceso a la información, a lo que

19 los demás piensan sobre nosotros, siempre ha permanecido. Simplemente, nunca se nos ha dejado entrever que podría haber otra cara de la historia, así que no buscamos. Esas fueron las garras. El día que mamá me dio la carta con la información para mi próxima entrevista con el Ejército me di cuenta de que no podía alistarme. Solo eso. Me azotaron todas las historias que había leído y todas las cosas que me habían contado. Ese fue el golpe definitivo. Se lo explico a Yanky como puedo, que no es de una manera muy eficiente, porque son muchas cosas (cosas de las que nadie habla jamás) y siempre me tiembla la voz y me sudan las manos cuando hablo de aquello que me apasiona. Pero Yanky solo asiente, en silencio, porque la magia de Yanky radica en escucharte siempre sin juzgar. —¿Y qué vas a hacer ahora? —dice, con extrema suavidad. —Por lo que parece, ir a la cárcel. Me ha llegado una carta del Ejército. Tengo que presentarme delante del comité que decide si eres un objetor de conciencia, pero he estado leyendo al respecto y eso nunca pasa. Y negarte a alistarte es ilegal, así que… Yanky asiente con la cabeza, con los ojos fijos en algún punto del horizonte rosa y naranja. —Vale, pues entonces nos casamos. Intento contener una risotada, lo que se transforma en un sonido horrendo que me sale de la nariz. —¿Qué?

20 —Las mujeres casadas no tienen que servir. Nos casamos, esperamos a que te llegue la carta que te exime del Ejército y nos divorciamos. —Coge la taza otra vez, probablemente porque ha decidido que a estas alturas ya no pueden sorprenderlo muchas cosas—. Lo hace mucha gente. Alzo una ceja. —Yanky, siento tener que decírtelo, pero no te veo de esa manera. Me hace un corte de mangas. —No te eches flores, rica, que tú tampoco eres mi tipo. Pero soy generoso. Te libras del Ejército y tienes el privilegio de estar casada conmigo. Todo son ventajas, la verdad. Y no es tan descabellado. Nos conocemos desde que éramos críos, ¿no? Y tú irás a estudiar a Reino Unido y yo me quedaré aquí, así que siempre podemos decir que nos divorciamos por la distancia y cosas así. Me río y niego con la cabeza. —Yanky, me queda mes y medio para los dieciocho. No creo que esté lista para casarme, aunque sea de mentira. Vuelve a arquear una ceja. Es uno de sus mayores talentos, junto con encontrar las películas de miedo más cutres y los memes más específicos para cualquier situación. —¿Pero sí para ir a la cárcel? Me desinflo como un globo triste. —Estoy metida en un marrón enorme, ¿no? —¿Lo sabe tu madre?

21 —No. No se lo he contado a nadie. Solo a ti. Arruga la nariz. —¿No se lo has contado a Emma? Puede que Yanky y yo vivamos en la misma urbanización, pero Emma y yo somos uña y carne desde el primer día de parvulario en el que decidí que quería hacerme amiga de la otra niña más alta de la clase (antes de que a las dos nos llegase la pubertad y dejásemos de crecer hasta el poco asombroso metro sesenta y cinco). Ahora somos más que amigas, somos compañeras. Competimos en el mismo equipo de gimnasia rítmica, tenemos las mismas asignaturas (es posible que hayamos hecho coincidir nuestros horarios a propósito) y compramos en las mismas tiendas de ropa. En muchos sentidos, Yanky y Emma parecen sacados de dos series de televisión distintas. Emma, con su piel bronceada, su melena del color del trigo y su cuerpo delgado y fuerte por la gimnasia, podría protagonizar perfectamente una de esas series de adolescentes ambientadas en la playa. Yanky, en cambio, con su pelo rapado y sus piercings (tiene seis: el del frenillo, el de la lengua, el del tabique de la nariz y los otros tres en la oreja izquierda) y su debilidad por los comentarios sarcásticos, tiene madera de salir en uno de esos realities en los que varios chavales excéntricos conviven en una sola casa. Pero los dos son mis mejores amigos y los quiero. —Su padre murió en la guerra del Líbano… —Ah. Ya. Me aparto el pelo de la cara de un manotazo.

22 —¿Crees que estoy loca? —Sí —responde, sin pensárselo—, pero ya viene de mucho mucho antes. Oye, no puedo juzgar tu decisión, ¿vale? O sea, no es una decisión que yo vaya a tomar. Al parecer, tener cáncer y servir en el Ejército no son supercompatibles. Tenso los labios. —Ya… ¿Ya te han dado los últimos resultados? Le da un último sorbo al café. —Pues sí, la verdad. De ahí lo de la noche tecno en Lima Lima —sonríe; cuando lo hace, las pecas se le expanden sobre las mejillas y la nariz—. Iba a contártelo, pero en cuanto abro WhatsApp me encuentro con que vas a ir a la cárcel, por lo visto. Estoy limpio. Ahogo un gritito. —¡Yanky! —Le doy un golpecito en el brazo, a lo que él responde con su dramatismo de siempre—. ¡Haber empezado por ahí! —Ya, bueno, hoy todos tenemos noticias que dar, ¿eh? Y no seas tan violenta, que la cuestión de no tener cáncer es no morirse. —¿Y ahora qué pasa? —Que tú vas a la cárcel y yo no me muero. A no ser que quieras reconsiderar mi generosa oferta de matrimonio, claro. Pongo los ojos en blanco. —Ahora tengo una quimio flojita para asegurarme de que no me queda nada de enfermedad. Es en pastillas, así que no tengo que ir tanto al hospital. Y…, eh…,

23 controles cada tres meses durante dos años. Así que sí, en un par de meses volveré a ser pelirrojo. Le doy un codazo en las costillas. —Echaré de menos el rapado. Te queda bien. —No puedes flirtear conmigo. Acabas de rechazarme dos veces. —Se pasa una mano por la cabeza, casi como si quisiese ilustrar mi afirmación—. Había pensado en hacerme un tatuaje antes de que me crezca el pelo, pero mi madre dice que la Torá los prohíbe. —Mi primo tiene tatuajes. —Tu primo es feo —dice, y ambos estallamos en una carcajada expansiva, gigantesca e inverosímil tan temprano por la mañana—. Hoy es su cumpleaños, ¿no? Me concedo un par de segundos para recobrar el aliento. —¿Y qué? —A lo mejor una reunión familiar es un buen momento para contar la verdad. —No sé, Yanky, no quiero sabotear su cumpleaños para decir que voy a la cárcel. —Cuanto más tardes, más difícil será. Además, tu primo cumple veintiséis. No creo que tenga mucho que celebrar. Ya sabes cómo son los millennials. —Me pasa un brazo por detrás de la espalda—. Estarás bien, Shoshi. Ahora estás metida en un marrón gigantesco, pero estarás bien al final.

24 2 —¡¡¡Shoshannah Rivka Peretz!!! El plan inicial, en mi cabeza, tenía sentido. Esperar a que todas las celebraciones hubiesen terminado, a que no quedasen migajas de la cena en la mesa y a que se hubiese cortado la tarta para soltar la noticia. La realidad, por supuesto, ha resultado más espinosa. En casa de nonna2 Peretz somos seis: mi primo Dov, mi tía Sara, mi tío Ari, mamá, yo y la propia Nonna. Y sobre el pollo asado y las alcachofas fritas parece flotar un único tema de conversación: el Ejército. La escena se desarrolló más o menos así: NONNA (moviendo la cabeza con mucha pena): No me puedo creer que ya haga seis años que Dov hizo el Servicio. TÍA SARA (con orgullo): Sí, mi niño. (DOV puso los ojos en blanco). Y en Inteligencia, nada menos. (Tía Sara se volvió hacia mí). ¿Y tú, Shoshannah? ¿Ya sabes dónde te van a destinar? 2. Abuela.

25 YO (metiéndome una ración obscenamente grande de alcachofa en la boca para no tener que responder): … MAMÁ (suspirando): ¡Es un secreto! (Me apretó la muñeca). Pero Shoshannah puede hacer lo que quiera. Ha sacado muy buenas notas. TÍA SARA: Entonces seguro que la destinan a Inteligencia. (Volviéndose hacia mí). Es la mejor opción. Está bien valorado en el currículum, y es seguro. No quieres que te destinen a la frontera, ¿eh? TÍO ARI (limpiándose la boca con la servilleta): Eso no va a pasar. NONNA (cogiéndome de la mano): Sea lo que sea, será algo bueno. Shoshannah es mi naches3. DOV (con una risita): Y yo soy el vecino de enfrente. YO (buscando cambiar de tema inmediatamente): ¿Qué tal en la escuela de cine? DOV (encogiéndose de hombros): Bien. YO: Mi amigo Yanky estaba pensando en ir. ¿Puedo pasarle tu número? DOV (encogiéndose de hombros otra vez): Claro. TÍA SARA: ¿Ese no es el chico con cáncer? ¿Qué tal está? YO (aliviada por el camino que estaba tomando la conversación): Muy bien. Hoy me ha dicho que ya no tiene cáncer, de hecho. Aquello parecía la salida de emergencia de la conversación. Respondí a todas las preguntas que mamá, 3. Orgullo.

26 Nonna, tío Ari y, sobre todo, tía Sara tenían sobre Yanky, la leucemia y la remisión y todas las cosas que se habían quedado en el medio. Creía que me había librado del Ejército y de todo lo que lo concernía. Claramente, había infravalorado los esfuerzos de la tía Sara. —Una pena que no pueda servir como el resto. Tiene que darle mucha rabia. —No sé, no hemos hablado de ello. Apretó los labios, dirigiéndome una mirada muy significativa. —Vamos, Shoshannah, tienes que saber adónde te destinan. —Se dirigió al resto de la familia, como si estuviese dando un mitin político—. ¡Todas mis estudiantes ya lo saben! —Tía Sara es profesora de Geografía—. No te preocupes si es en algo como Administración, cariño. Es un trabajo importante, y tú que eres tan ordenada… —No es en Administración —dije, y mi voz se desató como una tempestad—. Y tampoco en Inteligencia. No voy a ir. Nonna dio un respingo en la silla. Se llevó las manos a la boca como si yo acabase de soltar un improperio sobre los restos de su pollo asado. —¿Es por la gimnasia? —preguntó, con un hilillo de voz. Una pregunta como una plegaria. Un exceso de ambición podía ser asimilable, cuando no comprensible. ¿Pero la alternativa? La reacción de mamá no fue tan benévola. Bufó, primero, y luego se apartó los mechones del flequillo de un manotazo.

27 —¿Qué tonterías dices? Pues claro que vas a ir. Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño. —No. Ya he ido a la Oficina de Administración del Ejército para decirles que no quiero alistarme. Nonna se tapó la cara con las manos. Se inclinaba más y más ante la mesa con cada palabra que yo pronunciaba, cada sonido, una flecha afilada y certera. —¡¡¡Shoshannah Rivka Peretz!!! Aquí está, el momento en el que nos encontramos ahora: mi madre de pie, las manos sobre la mesa, gritando mi nombre. Trago saliva. Mamá no es de las que chillan los nombres completos de sus hijas a pleno pulmón. Hasta ahora, de hecho, había creído que eso solo ocurría en las series americanas. Casi nadie utiliza mi segundo nombre, que es el de mi bisabuela, así que a veces hasta se me olvida que está ahí, al acecho. Mamá siempre me riñe porque nunca me acuerdo de ponerlo cuando escribo mi nombre en los exámenes y en documentos oficiales y en cosas así. Ahora lo enarbola como una daga. Al pronunciarlo, parece que está llamando también a mi bisabuela. Y a mi abuela. Y a mi tía. Y a todas las mujeres de mi familia, incluso aquellas de las que ya nadie se acuerda. «Vosotros sois la razón por la que sobrevivimos», solía decir el abuelo Imri. «Para devolverle al mundo a los seis millones que se perdieron en la Catástrofe». Las pocas veces que hablaba del Holocausto, el abuelo lo hacía de esa manera, con esas palabras específicas. Shoah, la Catástrofe.

28 Hay un motivo por el cual no te niegas a servir en el Ejército, simplemente. El Estado se formó con los supervivientes de los campos de concentración. El Estado se formó porque incluso después de la guerra, en Europa, seguían persiguiéndonos. Eso nos han enseñado siempre en el colegio. Ahora que mamá me tira de la manga de la camisa, me da la sensación de que lo hace con la fuerza de decenas de generaciones. —¿Qué has hecho, Shoshannah? —brama, y me zarandea—. ¡Avergonzar a la familia, eso es lo que has hecho! Mañana mismo vuelves a la Oficina y les dices que has cometido un error y que por supuesto que te vas a alistar, ¿me oyes? —No —digo, cogiendo aire mientras escucho cómo la tía Sara le susurra al tío Ari algo que suena muy parecido a «siempre hace lo que le da la gana»—. Ya me han mandado una carta, de todos modos. La semana que viene tengo que presentarme delante del comité que decide si eres pacifista o no. El tío Ari me señala con su tenedor, del que gotea el aceite brillante y dorado. —Pacifista —repite, despacio—, ¿cuando tu país está en guerra? ¡No tiene sentido ninguno! O sea, que estamos de alerta por el terrorismo, pero la señorita… —¡No tiene sentido! —cacarea la tía Sara—. Vives en los mundos de Yupi, Shoshannah. ¿Qué te piensas? ¿Que si no fuese por el Ejército no nos estarían atacando? ¿Quién te crees que eres?

29 ¿Otro motivo por el cual no te niegas a servir, simplemente? Todos los adultos que conoces han servido en el Ejército antes que tú. Si dices que los soldados son criminales de guerra estás diciendo que: Tu primo, que podría reconocer cualquier especie de pájaro y repetir de memoria los diálogos de todos los episodios de Los Simpson, es un criminal de guerra. Aquellos chicos que iban a tu colegio y que murieron en Gaza, aquellos por los que detuvisteis las clases y bajasteis al auditorio a guardar un minuto de silencio en su honor eran criminales de guerra. El padre de tu mejor amiga, que cayó en combate en Líbano cuando teníais cuatro años, era un criminal de guerra, y no te acuerdas mucho del jardín de infancia, pero sí de lo enorme que era su sonrisa y cómo siempre llevaba una chocolatina para ti también. Y que tengas razón solo le echa más sal a la herida. —¿Se puede saber qué te pasa? —insiste mamá, que se seca las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano—. Qué te ha faltado a ti, Shoshannah, ¿eh? ¡Siempre te hemos dado de todo, y así nos lo pagas! El ambiente en el comedor de Nonna es tan denso que casi podría cortarlo con el cuchillo de la carne, en rodajas muy finas. Nonna, en la cabecera de la mesa, niega con la cabeza, llora y se acerca la servilleta a la cara para secarse las lágrimas. Tía Sara, a la que incluso en circunstancias normales es difícil hacer callar, diciéndome que no tengo ni idea de cómo es el mundo.

30 Tío Ari, moviendo las patatas de un lado a otro del plato, los labios fruncidos e imposiblemente blancos. Mamá diciéndole a la tía Sara que no, que no tengo ni idea de nada, que estoy a punto de fastidiarme la vida para siempre. «No se puede hablar con ella. Es una niñata». El primo Dov, alzando las cejas y suspirando cada poco tiempo, casi como si todavía estuviese decidiendo si sentirse asombrado o insultado. Es su cumpleaños y por eso estamos aquí, solo que la cena familiar se ha convertido en el comité de Qué Hacer con Shoshannah. La otra cabecera de la mesa, donde antes se sentaba el abuelo, vacía. —¿Cómo puedes hacernos esto? —solloza Nonna—. ¡Ay, Señor! Menos mal que no está aquí el abuelo para ver esto. Me muerdo la cara interna de las mejillas hasta hacerme daño, pero aun así siento las lágrimas fervorosas. Me odio por ello. Odio llorar siempre que tengo un sentimiento fuerte, como cuando estoy enfadada o dolida. Ni siquiera soy capaz de identificar este en concreto; solo sé que es demasiado grande para mi cuerpo y que parece que vaya a explotarme el pecho por su culpa. —Yo no os estoy haciendo nada —digo, y también odio que me tiemble la voz. Me gustaría ser por fuera como me siento por dentro. Tener ese mismo fuego. Pero estoy aquí, delante de mi familia, y no tengo ni idea de cómo explicarles por qué no quiero servir. Que no quiero formar parte de

31 esa cadena ininterrumpida que solo causa dolor y sufrimiento. La sencillez de esta conclusión me golpea como una bofetada en la cara. Nonna me despacha con un movimiento de la mano. Sigue llorando y negando, y el tatuaje en su antebrazo (esa serie de números que, de pequeña, me decía que conformaban el teléfono de su casa) me parece más grande que nunca. —¿Qué trabajo vas a tener si no vas al Ejército? —me espeta la tía—. ¿Sabes que te piden experiencia militar para casi todos los puestos? ¡No, porque la señorita no piensa! —Déjala —dice el tío—. No va a entrar en razón. —Es una cabezona —resume mamá, y todos empiezan a hablar otra vez. Es una vergüenza/qué dirán los vecinos/qué le pasa/ en qué nos equivocamos con ella/qué va a hacer ahora. Por qué no puede ser como los demás/nunca ha sido como los demás/la culpa es nuestra por consentírselo todo/siempre ha sido una niña mimada. —Cuando vayas a ese comité les dices que te alistas, ¿eh? —dice mamá, los labios tan apretados que se han convertido en una línea muy fina en la que apenas puedo ver su carmín. —No —le respondo, mis labios también una línea, pero temblorosa—. No quiero alistarme y no quiero tener nada que ver con el Ejército. Esto hace que el tío Ari se levante también, tirando la servilleta al suelo.

32 —¿Y qué sabes tú del Ejército? ¡Hoy en día os comen el coco! Israel es malísimo, ¿no? Ves a la gente protestar en la calle y no sabes ni por qué. ¿Y tu Nonna? ¿El tatuaje que tiene en el brazo? Si no fuese por este país, esta familia no existiría. ¿Crees que nos querían en Europa? ¿No crees que vinimos aquí porque nos estaban matando? Bajo la vista hacia mis puños cerrados, a los nudillos amarillentos, porque ya estoy llorando otra vez y no voy a darle al tío Ari la satisfacción de verlo. —No estoy en contra de mi país —digo, y en vano trato de que no me tiemble la voz—. Pero no quiero formar parte de las cosas que están pasan… —Y qué cosas están pasando, ¿eh? —brama el tío Ari, que le da un golpe a la mesa. —Pues el año pasado participé en un programa con chavales de mi edad, de Cisjordania, y nos contaron… Dov suspira, y apoya la frente en la palma abierta de su mano derecha. —Nadie está diciendo que la gente de Cisjordania no lo esté pasando mal, Shoshannah. Tía Sara chasca la lengua. —¡Déjala! ¿Crees que va a entrar en razón? ¡Siempre ha sido terca como una mu…! Ahora soy yo la que me levanto, y es este movimiento repentino el que hace que se calle de una vez. Estoy temblando incluso más que antes, como si estuviese desnuda en mitad de una tormenta de nieve, pero mis siguientes palabras son firmes, seguras:

33 —La Torá dice «si yo no, ¿entonces quién? Si no es ahora, ¿entonces cuándo?». Un golpe. Oigo el estallido de la mano de Nonna contra mi mejilla antes de sentir el dolor y el calor en mi piel. —¡La Torá dice muchas cosas! —exclama, la voz ahogada por las lágrimas—. Entre ellas «honrarás a tu padre y a tu madre». ¿Cómo puedes hacernos esto, Shoshannah? Doy un paso atrás. Ahora estoy llorando tanto que se me nubla la visión; ya no tengo a mi familia delante de mí, sino una confusión de colores que podrían pertenecer a un cuadro impresionista. Me siento arder. Salgo del comedor a la carrera, la cara tapada teñida de todos los tonos rojos de la vergüenza. No me detengo hasta llegar al antiguo despacho del abuelo, que todavía huele al tabaco de su pipa y al polvo de las decenas y decenas de novelas fruto de años de búsquedas exhaustivas en librerías de segunda mano y ferias del libro. Cierro la puerta tras de mí. —¡Sí, hala! —grita mamá—. ¡Si lo solucionas todo llorando! ¿Vas a llorar también delante del comité? Me pongo los auriculares con el volumen de la música al máximo para no tener que escucharla, ni siquiera en mis pensamientos. Dov entra con un pedazo de tarta exactamente cuatro canciones de Loona más tarde. Me quito un auricular.

34 —Gracias —le digo, y cojo el plato que me está tendiendo. Ladea la cabeza. —Sabía que estarías aquí —dice, y hace el amago de irse. Ya está casi en la puerta cuando se detiene para acariciar los lomos de los libros de la estantería del abuelo. Se vuelve hacia mí, las cejas bajadas y los ojos negros sobre los míos. —Sabes que puedes pedir que te destinen de manera que no te entrenen para el combate, ¿no? —sisea, los dedos bajando ahora a la bola del mundo, que Nonna mantiene reluciente a pesar de que nadie usa este despacho desde la muerte del abuelo—. Está Administración, ¿por qué no? Pero también puedes hacer otras cosas. Sabes tocar un poco el piano, ¿no? Puedes pedir que te manden a la orquesta del Ejército. Puedes hacer muchas cosas que no… Sacudo la cabeza. —No quiero alistarme. No quiero ser parte de todo eso, ¿vale? No me gustan las cosas que está haciendo el Ejército ahora mismo… Pone los ojos en blanco. A veces me da la sensación de que hace falta algo muy muy grande o muy muy escandaloso para conseguir afectar a Dov. —Ni a ti ni a mí ni a muchos otros. ¿Qué te piensas? ¿Que las manifestaciones que hay cada semana son solo en contra del Gobierno? Pero es algo que se tiene que hacer y se hace.

35 —¿Por qué? —replico, y le clavo yo también la mirada. Me la sostiene. Solo eso. Se me queda mirando durante un par de segundos, completa, absolutamente serio, y luego se da la vuelta y se va. —No te olvides de llevar el plato sucio a la cocina —dice al cerrar la puerta tras de sí.

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