31 esa cadena ininterrumpida que solo causa dolor y sufrimiento. La sencillez de esta conclusión me golpea como una bofetada en la cara. Nonna me despacha con un movimiento de la mano. Sigue llorando y negando, y el tatuaje en su antebrazo (esa serie de números que, de pequeña, me decía que conformaban el teléfono de su casa) me parece más grande que nunca. —¿Qué trabajo vas a tener si no vas al Ejército? —me espeta la tía—. ¿Sabes que te piden experiencia militar para casi todos los puestos? ¡No, porque la señorita no piensa! —Déjala —dice el tío—. No va a entrar en razón. —Es una cabezona —resume mamá, y todos empiezan a hablar otra vez. Es una vergüenza/qué dirán los vecinos/qué le pasa/ en qué nos equivocamos con ella/qué va a hacer ahora. Por qué no puede ser como los demás/nunca ha sido como los demás/la culpa es nuestra por consentírselo todo/siempre ha sido una niña mimada. —Cuando vayas a ese comité les dices que te alistas, ¿eh? —dice mamá, los labios tan apretados que se han convertido en una línea muy fina en la que apenas puedo ver su carmín. —No —le respondo, mis labios también una línea, pero temblorosa—. No quiero alistarme y no quiero tener nada que ver con el Ejército. Esto hace que el tío Ari se levante también, tirando la servilleta al suelo.
RkJQdWJsaXNoZXIy