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30 Tío Ari, moviendo las patatas de un lado a otro del plato, los labios fruncidos e imposiblemente blancos. Mamá diciéndole a la tía Sara que no, que no tengo ni idea de nada, que estoy a punto de fastidiarme la vida para siempre. «No se puede hablar con ella. Es una niñata». El primo Dov, alzando las cejas y suspirando cada poco tiempo, casi como si todavía estuviese decidiendo si sentirse asombrado o insultado. Es su cumpleaños y por eso estamos aquí, solo que la cena familiar se ha convertido en el comité de Qué Hacer con Shoshannah. La otra cabecera de la mesa, donde antes se sentaba el abuelo, vacía. —¿Cómo puedes hacernos esto? —solloza Nonna—. ¡Ay, Señor! Menos mal que no está aquí el abuelo para ver esto. Me muerdo la cara interna de las mejillas hasta hacerme daño, pero aun así siento las lágrimas fervorosas. Me odio por ello. Odio llorar siempre que tengo un sentimiento fuerte, como cuando estoy enfadada o dolida. Ni siquiera soy capaz de identificar este en concreto; solo sé que es demasiado grande para mi cuerpo y que parece que vaya a explotarme el pecho por su culpa. —Yo no os estoy haciendo nada —digo, y también odio que me tiemble la voz. Me gustaría ser por fuera como me siento por dentro. Tener ese mismo fuego. Pero estoy aquí, delante de mi familia, y no tengo ni idea de cómo explicarles por qué no quiero servir. Que no quiero formar parte de

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