18 ciudadanos legales y que no pueden votar aunque viven aquí, que no tienen muchos derechos…, no sé, no me parece bien. No quiero ser parte de eso. La decisión fue paulatina. No llegó de golpe arrasando con todo, sino que se instaló en mi cerebro como un runrún que al principio se acallaba bajo el cansancio de la gimnasia y las incontables horas de estudio. Con el paso de los días a ese runrún le crecieron garras; pensaba en ello, y en el sentimiento lacerante que me dejaba en la boca del estómago, mientras continuaba con mi vida de siempre, mandando memes y probando filtros de TikTok con mi mejor amiga, Emma, hasta que encontrábamos uno que nos hacía parecernos a nosotras mismas, pero amplificadas. Con esto quiero decir que no decidí que me negaría a servir mientras participaba en aquel programa del instituto. Cuando conocí a Dalia, a la que le gustaban los mismos grupos de k-pop que a mí y en el mismo orden (Loona, Red Velvet, Blackpink y BTS), no me invadió un sentimiento a lo Disney Channel de En Realidad Somos Iguales y el Mundo Debería Vivir en Paz. Fue más bien como un cuchillo en el estómago, como si me quitasen una venda de los ojos y empezase a ver las partes de la realidad que habían sido una mentira. En las semanas posteriores al programa, empecé a leer sobre el conflicto y el hecho de que toda aquella información hubiese estado a mi alcance siempre, en internet, fue como una bofetada en la cara. Aunque la libertad de prensa es relativa, el acceso a la información, a lo que
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