34 —Gracias —le digo, y cojo el plato que me está tendiendo. Ladea la cabeza. —Sabía que estarías aquí —dice, y hace el amago de irse. Ya está casi en la puerta cuando se detiene para acariciar los lomos de los libros de la estantería del abuelo. Se vuelve hacia mí, las cejas bajadas y los ojos negros sobre los míos. —Sabes que puedes pedir que te destinen de manera que no te entrenen para el combate, ¿no? —sisea, los dedos bajando ahora a la bola del mundo, que Nonna mantiene reluciente a pesar de que nadie usa este despacho desde la muerte del abuelo—. Está Administración, ¿por qué no? Pero también puedes hacer otras cosas. Sabes tocar un poco el piano, ¿no? Puedes pedir que te manden a la orquesta del Ejército. Puedes hacer muchas cosas que no… Sacudo la cabeza. —No quiero alistarme. No quiero ser parte de todo eso, ¿vale? No me gustan las cosas que está haciendo el Ejército ahora mismo… Pone los ojos en blanco. A veces me da la sensación de que hace falta algo muy muy grande o muy muy escandaloso para conseguir afectar a Dov. —Ni a ti ni a mí ni a muchos otros. ¿Qué te piensas? ¿Que las manifestaciones que hay cada semana son solo en contra del Gobierno? Pero es algo que se tiene que hacer y se hace.
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