33 —La Torá dice «si yo no, ¿entonces quién? Si no es ahora, ¿entonces cuándo?». Un golpe. Oigo el estallido de la mano de Nonna contra mi mejilla antes de sentir el dolor y el calor en mi piel. —¡La Torá dice muchas cosas! —exclama, la voz ahogada por las lágrimas—. Entre ellas «honrarás a tu padre y a tu madre». ¿Cómo puedes hacernos esto, Shoshannah? Doy un paso atrás. Ahora estoy llorando tanto que se me nubla la visión; ya no tengo a mi familia delante de mí, sino una confusión de colores que podrían pertenecer a un cuadro impresionista. Me siento arder. Salgo del comedor a la carrera, la cara tapada teñida de todos los tonos rojos de la vergüenza. No me detengo hasta llegar al antiguo despacho del abuelo, que todavía huele al tabaco de su pipa y al polvo de las decenas y decenas de novelas fruto de años de búsquedas exhaustivas en librerías de segunda mano y ferias del libro. Cierro la puerta tras de mí. —¡Sí, hala! —grita mamá—. ¡Si lo solucionas todo llorando! ¿Vas a llorar también delante del comité? Me pongo los auriculares con el volumen de la música al máximo para no tener que escucharla, ni siquiera en mis pensamientos. Dov entra con un pedazo de tarta exactamente cuatro canciones de Loona más tarde. Me quito un auricular.
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