1801133

21 —No. No se lo he contado a nadie. Solo a ti. Arruga la nariz. —¿No se lo has contado a Emma? Puede que Yanky y yo vivamos en la misma urbanización, pero Emma y yo somos uña y carne desde el primer día de parvulario en el que decidí que quería hacerme amiga de la otra niña más alta de la clase (antes de que a las dos nos llegase la pubertad y dejásemos de crecer hasta el poco asombroso metro sesenta y cinco). Ahora somos más que amigas, somos compañeras. Competimos en el mismo equipo de gimnasia rítmica, tenemos las mismas asignaturas (es posible que hayamos hecho coincidir nuestros horarios a propósito) y compramos en las mismas tiendas de ropa. En muchos sentidos, Yanky y Emma parecen sacados de dos series de televisión distintas. Emma, con su piel bronceada, su melena del color del trigo y su cuerpo delgado y fuerte por la gimnasia, podría protagonizar perfectamente una de esas series de adolescentes ambientadas en la playa. Yanky, en cambio, con su pelo rapado y sus piercings (tiene seis: el del frenillo, el de la lengua, el del tabique de la nariz y los otros tres en la oreja izquierda) y su debilidad por los comentarios sarcásticos, tiene madera de salir en uno de esos realities en los que varios chavales excéntricos conviven en una sola casa. Pero los dos son mis mejores amigos y los quiero. —Su padre murió en la guerra del Líbano… —Ah. Ya. Me aparto el pelo de la cara de un manotazo.

RkJQdWJsaXNoZXIy