1801133

27 —¿Qué tonterías dices? Pues claro que vas a ir. Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño. —No. Ya he ido a la Oficina de Administración del Ejército para decirles que no quiero alistarme. Nonna se tapó la cara con las manos. Se inclinaba más y más ante la mesa con cada palabra que yo pronunciaba, cada sonido, una flecha afilada y certera. —¡¡¡Shoshannah Rivka Peretz!!! Aquí está, el momento en el que nos encontramos ahora: mi madre de pie, las manos sobre la mesa, gritando mi nombre. Trago saliva. Mamá no es de las que chillan los nombres completos de sus hijas a pleno pulmón. Hasta ahora, de hecho, había creído que eso solo ocurría en las series americanas. Casi nadie utiliza mi segundo nombre, que es el de mi bisabuela, así que a veces hasta se me olvida que está ahí, al acecho. Mamá siempre me riñe porque nunca me acuerdo de ponerlo cuando escribo mi nombre en los exámenes y en documentos oficiales y en cosas así. Ahora lo enarbola como una daga. Al pronunciarlo, parece que está llamando también a mi bisabuela. Y a mi abuela. Y a mi tía. Y a todas las mujeres de mi familia, incluso aquellas de las que ya nadie se acuerda. «Vosotros sois la razón por la que sobrevivimos», solía decir el abuelo Imri. «Para devolverle al mundo a los seis millones que se perdieron en la Catástrofe». Las pocas veces que hablaba del Holocausto, el abuelo lo hacía de esa manera, con esas palabras específicas. Shoah, la Catástrofe.

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