26 Nonna, tío Ari y, sobre todo, tía Sara tenían sobre Yanky, la leucemia y la remisión y todas las cosas que se habían quedado en el medio. Creía que me había librado del Ejército y de todo lo que lo concernía. Claramente, había infravalorado los esfuerzos de la tía Sara. —Una pena que no pueda servir como el resto. Tiene que darle mucha rabia. —No sé, no hemos hablado de ello. Apretó los labios, dirigiéndome una mirada muy significativa. —Vamos, Shoshannah, tienes que saber adónde te destinan. —Se dirigió al resto de la familia, como si estuviese dando un mitin político—. ¡Todas mis estudiantes ya lo saben! —Tía Sara es profesora de Geografía—. No te preocupes si es en algo como Administración, cariño. Es un trabajo importante, y tú que eres tan ordenada… —No es en Administración —dije, y mi voz se desató como una tempestad—. Y tampoco en Inteligencia. No voy a ir. Nonna dio un respingo en la silla. Se llevó las manos a la boca como si yo acabase de soltar un improperio sobre los restos de su pollo asado. —¿Es por la gimnasia? —preguntó, con un hilillo de voz. Una pregunta como una plegaria. Un exceso de ambición podía ser asimilable, cuando no comprensible. ¿Pero la alternativa? La reacción de mamá no fue tan benévola. Bufó, primero, y luego se apartó los mechones del flequillo de un manotazo.
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