16 Cojo aire. Apenas hay coches en la calle bajo nuestros pies. Las luces de los rascacielos de Tel Aviv están apagadas, y el firmamento está teñido de ese tono rosa-violeta que precede a la salida del sol. Es como si Yanky y yo fuésemos las últimas personas en la Tierra. —Me he negado a alistarme. El efecto que esta frase tiene en él es espléndido. Da un respingo, para empezar, y después se atraganta con el café. —Has… ¿qué? —Me he negado a alistarme —repito, muy rápido, de modo que las cinco palabras suenan como una sola. —Sí, sí, eso ya lo he pillado —dice Yanky, y deja la taza a su lado, como si tuviese miedo de que fuese a volcarla con una revelación más—. ¿Por qué? ¿Es por la gimnasia? ¿O la universidad? —No, claro que no. —¿Entonces? Pongo los ojos en blanco. La respuesta a la pregunta «¿Por qué no quieres servir en el Ejército?» es sencilla en cualquier país, pero no en Israel. En Israel te gradúas en el instituto y sirves dos años en el Ejército, seas hombre o mujer. Somos un país joven, construido por los supervivientes de los campos de concentración. Hemos combatido en incontables guerras. Nuestros vecinos nos odian. El peso de nuestra historia cae sobre nuestros hombros. Nos echaron de 109 países. Fuimos esclavizados, expulsados de la tierra de nuestros ancestros. Seis millones de nosotros fueron aniquilados en el Holocausto.
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